Cuanto más me miras, ¡oh, sí, tú!,
banal ánfora de egoísmo, crueldad y avaricia,
más me envejeces.
Siento en mí esas miradas de soslayo
—que tanto escuecen—,
o las miradas acusadoras, que me retuercen;
o miradas inquinas, que son latigazos;
o las miradas sostenidas, que me interrogan.
Los surcos de mis arrugas son cicatrices,
secuelas de esas miradas que me sajaron,
señalándome, juzgándome, sentenciándome,
a lo largo de los años, sin anuencia ni demanda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.